13 de febrero de 2009

Alanis Morissette en Argentina

Todo parecía indicar que iba a hacer leña del árbol caído (su ruptura con el actor Ryan Reynolds, disparador de Flavors of Entanglement), que iba a sucumbir por completo a la melancolía, palabra clave de su último disco. Pero no. Alanis Morisette derribó los prejuicios y llevó adelante su show con una sola finalidad: complacer a los fans de la primera ahora. Así, el concierto-presentación de su último trabajo fue de todo menos eso, porque si anoche hubo algo sorpresivo e incendiario fue ese viaje por el pasado, de la mano de sus dos mejores discos: Jagged Little Pill y Supposed Former Infatuation Junkie.

Como si Alanis hubiese querido volver a las raíces de su ferocidad musical, de Flavors solo extrajo "Not As We" (el "Day One, Day One, Start Over Again" cantado en sintonía con el público fue la cuota conmovedora de la noche), "Moratorium" (esa fusión de pop y electrónica con la impronta de Guy Sigsworth), "Tapes" y "Versions of Violence", dejando afuera las más obvias como "Torch" y el primer sencillo "Underneath". Pero a nadie le importó. Alanis ratificó su profundo conocimiento de los gustos de sus seguidores y no hizo más que respetarlos, sustentada por enormes canciones como "Not The Doctor" y "Head Over Feet". Asimismo, bastó que cantara el himno rabioso "You Oughta Know", para convencernos de que la derrota siempre puede devenir en poder. No por nada levantó el brazo victoriosa al finalizar, jadeante, ese reproche: "I’m Here To Remind You Of The Mess You Left When You Went Away" ("Estoy acá para recordarte el desastre que dejaste cuando te fuiste").

Lo que vendría después terminó de confirmar el punto fuerte del recital: la perfecta transición de un hit ("Hand in My Pocket") a otro ("Everything", dedicado a "todas las personas complicadas que están hoy aquí"). Sin embargo, ningún momento de la noche estuvo a la altura del combo final. Primero fue el turno de "Ironic", con un público visiblemente rendido a los pies de la canadiense, y luego llegaría la apropiada despedida con "Thank U". Lejos de ser una jugada arbitraria, esta conjunción de temas en particular dice mucho de una cantante que en su carrera ha sabido amalgamar como nadie el enojo con la sabiduría post-ruptura.

Alanis estuvo más de una hora y media saltando desbocada de un lado a otro (con mucho head-banging grunge incluido), degustando de su armónica y comunicándose con el público esencialmente a través de sus letras y a veces con un algún esporádico "gracias". No se necesito más. El recital se fue con la misma sensación de fugacidad y nervio con la que su figura excluyente giraba y giraba al ritmo de las guitarras, como queriendo envolverse con sus sonidos. Anoche, Morisette demostró que hacer catarsis puede ser una movida artística, que el amor y la furia se alimentan mutuamente y que quedan pocas songwriters tan intoxicadas de sentimiento.

Por Milagros Amondaray- Revista Rolling Stone

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